Fredric
Brown
Despertó en la más brillante y
azul mañana que hubiera visto. A través de la ventana de la recámara podía ver
un cielo casi increíble. George se deslizó rápidamente fuera de la cama, bien
despierto para no perder otro minuto de su primer día de vacaciones. Se vistió
procurando no despertar a su esposa. Llegaron a la casa de campo, prestada por
un amigo para que pasaran las vacaciones, bastante tarde la noche anterior, y
Vilma llegó muy cansada del viaje; la dejaría dormir tanto como pudiera. Se
llevó los zapatos a la estancia, para ponérselos allí.
El pequeño Tommy, su hijo de
cinco años, salió bostezando de la recámara más chica, donde había dormido.
- Quieres desayunar? - le
preguntó George. Y cuando Tommy asintió, le dijo
- Vístete pues, y alcánzame en la
cocina.
George fue a la cocina; pero,
antes de empezar a desayunar, salió a la puerta exterior y miró los
alrededores; cuando llegaron, estaba ya oscuro y sólo por referencias conocía
el lugar. Ahora aparecía ante sus ojos el bosque virgen más hermoso de lo que
se imaginara. La casa de campo más cercana, según le dijeron, estaba a una
milla de distancia, al otro lado de un lago de regular tamaño. No alcanzaba a
ver el lago, debido a los árboles, pero el camino que empezaba en la puerta de
la cocina conducía hasta sus orillas, a menos de un cuarto de milla de
distancia. Su amigo le dijo que era bueno para nadar y para pescar. La natación
no le interesaba a George; no tenía miedo al agua, pero tampoco le gustaba en
forma especial, y nunca aprendió a nadar. Su esposa sí era una buena nadadora y
también lo era Tommy; un verdadero pescadito.
Tommy le dio alcance; para el
chico, la idea de estar vestido era ponerse un traje de baño, lo cual no le
tomó mucho tiempo.
- Papito - propuso -, vamos a ver
el lago antes de comer, eh?
- Muy bien - aceptó George.
No tenía hambre y, para cuando
regresaran, quizá Vilma estaría despierta ya.
El lago era hermoso, de un azul
más intenso que el del cielo, y terso como un espejo. Tommy se arrojó alegremente
a las aguas, y George le pedía que se quedara cerca de la orilla.
- Puedo nadar bien, papito. Muy
bien.
- Sí, pero tu madre no está aquí.
Mantente cerca.
- El agua está tibia, papito.
Allá lejos, George vio saltar a
un pez. Después del desayuno vendría con su caña para tratar de pescar una
trucha.
Le dijeron que la vereda que
corría a lo largo de la orilla conducía a un lugar, un par de millas más
adelante, donde se podrían rentar botes. Trató de distinguir a lo lejos ese
embarcadero.
Repentinamente hubo un grito de
angustia:
- ¡Papito, mi pierna...!
George se dio vuelta y vio
desaparecer la cabeza de Tommy, a unas veinte yardas de distancia. Debía
tratarse de un calambre, pensó frenéticamente; Tommy era capaz de nadar muy
bien.
Durante un segundo estuvo a punto
de arrojarse al agua, pero se dijo que de nada serviría ahogarse también. Si
pudiera avisar a Vilma habría alguna posibilidad...
Corrió hacia la casa. Un centenar
de yardas antes empezó a gritar, a todo pulmón:
¡Vilma!
Cuando llegaba ya a la cocina,
ella salía vestida todavía en pijama. Corrió tras él, de regreso al lago, y
pronto le dio alcance, dejándolo atrás hasta llegar al borde del lago con una
ventaja de cincuenta yardas, para arrojarse a las aguas y nadar vigorosamente
hacia el punto donde apareció durante un momento la parte posterior de la
cabeza del niño flotando en la superficie.
Vilma llegó en unas cuantas
brazadas y alcanzó el lugar y entonces, al enderezar el cuerpo para regresar,
George pudo ver con horror, un horror reflejado también en los ojos azules de
su esposa, que ella estaba de pie sobre el fondo del lago, abrazando a su hijo
muerto, ahogado en sólo noventa centímetros de agua.